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El Cid e historia
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Las colinas que rodean Cortijo Bujio parecen apacibles hoy, pero durante siglos fueron una zona de guerra: la frontera real y cambiante entre la España cristiana y la musulmana. El castillo sobre la roca de Montefrío, la fortaleza en ruinas de Íllora, la plaza fuerte de Moclín: fueron puestos de frontera, y la frontera se desplazó de un lado a otro por este paisaje durante buena parte de quinientos años. Ninguna vida capta ese mundo extraño, violento e incesantemente negociado mejor que la de un hombre: Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid. Esta es la larga historia de Andalucía contada a través de la era que él encarnó.

Equestrian statue of El Cid in Burgos
Equestrian statue of El Cid in Burgos · Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

Antes de al-Ándalus: capas de imperio

Andalucía ha sido codiciada durante tres mil años. Los fenicios fundaron colonias comerciales en su costa hacia el 1100 a. C.; el semilegendario reino de Tartessos se enriqueció aquí con la plata y el cobre. Después llegó Roma, que hizo de esta su provincia de Baetica —una de las más ricas del imperio, exportadora de aceite de oliva, vino y cereal—, y que dio a Roma dos emperadores, Trajano y Adriano. Cuando Roma cayó, los visigodos gobernaron una Hispania cristiana desde Toledo. Y entonces, en una sola generación, todo cambió.

711: conquista y una edad de oro

En el 711 d. C., un ejército musulmán cruzó desde el norte de África y, en pocos años, se hizo con casi toda la península. La tierra que crearon —al-Ándalus— perduraría de alguna forma hasta 1492, casi ocho siglos. Hacia el siglo X, el Califato de Córdoba era sin duda el estado más avanzado de Europa, con agua corriente, alumbrado público y una de las grandes bibliotecas del mundo. (Para esa historia completa, consulte nuestra guía sobre la Andalucía musulmana.) Pero las edades de oro terminan. En 1031 el Califato se hizo añicos, y de sus escombros surgió el mundo que forjó a El Cid.

La era de las taifas: un tablero de fronteras cambiantes

Tras 1031, al-Ándalus se fragmentó en un mosaico de reinos pequeños, ricos y pendencieros llamados taifas: Sevilla, Granada, Zaragoza, Toledo, Valencia y más. Eran cultos y prósperos pero débiles en lo militar, y sobrevivían en buena medida pagando parias: dinero de protección, en oro, a los reinos cristianos más fuertes del norte.

Esto produjo uno de los periodos más fascinantes y menos románticos de la historia de España. La lealtad estaba en venta. Los reyes cristianos tomaban oro musulmán y los reyes musulmanes contrataban ejércitos cristianos; las alianzas cruzaban constantemente la línea religiosa. Un soldado de genio podía vender su espada al mejor postor, musulmán o cristiano, y labrarse su propio poder. A ese mundo, exactamente, llegó cabalgando El Cid.

El Cid: el campeón de la frontera

Su verdadero nombre era Rodrigo (Ruy) Díaz, nacido hacia 1043 en la aldea de Vivar, cerca de Burgos, en Castilla. El título que se ganó en vida lo dice todo sobre su mundo: El Cid viene del árabe al-sīd, «el señor», un nombre que le dieron con respeto tanto musulmanes como cristianos. Su otro nombre, El Campeador, significa «el que vence en el campo de batalla». Criado en la corte real, en la casa del futuro rey Sancho II, llegó a ser el mejor soldado de su época, y sirvió, en distintos momentos, tanto a la cruz como a la media luna.

La batalla de Cabra, 1079: la conexión granadina

La historia de El Cid atraviesa de lleno esta región. En 1079, el rey Alfonso VI de León y Castilla lo envió al sur, a Sevilla, a cobrar las parias que debía su gobernante musulmán. Mientras estaba allí, la taifa de Granada —con su ejército reforzado por nobles castellanos rivales, entre ellos el gran enemigo de El Cid, García Ordóñez— atacó Sevilla. El Cid defendió la ciudad y, en la batalla de Cabra (cerca de Córdoba, a apenas una hora de donde usted se aloja), derrotó a las fuerzas del emir Abdalá de Granada y capturó al propio García Ordóñez.

Fue una victoria brillante, y lo arruinó. Alfonso VI, celoso y mal aconsejado, se enfureció por que El Cid hubiera hecho campaña adentrándose en Granada sin autorización regia, y lo desterró. El mayor soldado de España fue expulsado por su propio rey.

El destierro, Zaragoza y la conquista de Valencia

En el destierro, El Cid hizo lo que la época permitía: vendió su espada. Durante años sirvió a la taifa musulmana de Zaragoza, librando sus guerras con lealtad y brillantez: un caudillo cristiano a sueldo de un rey musulmán. Luego puso la mira más alto. A lo largo de varias campañas asedió y, en junio de 1094, tomó la gran ciudad de Valencia, y la gobernó como principado propio: ni puramente para Castilla ni para ningún señor musulmán, sino para sí mismo.

La muerte y el nacimiento de una leyenda

El Cid murió en Valencia el 10 de julio de 1099, defendiéndola de la fanática nueva potencia que ascendía desde África, los almorávides. Su notable esposa, Jimena, mantuvo la ciudad tres años más antes de que finalmente cayera en manos de los almorávides en 1102; su cuerpo acabó reposando en la Catedral de Burgos, donde yace hoy.

Entonces la leyenda tomó el relevo. Hacia 1200, un poeta anónimo compuso el Cantar de mio Cid, el más antiguo cantar de gesta castellano conservado y poema nacional de España, que convirtió al mercenario de frontera en un ideal de lealtad y honor. Crónicas posteriores (y la célebre película de Hollywood de 1961) añadieron el inolvidable relato de que su cadáver fue atado erguido a su caballo de guerra, Babieca, y sacado por las puertas para aterrorizar al enemigo y ponerlo en fuga. Ese relato es leyenda, no historia; pero le dice hasta qué punto este único hombre cautivó la imaginación de una nación. El Cid real era más interesante que el mito: no un cruzado, sino un superviviente sumamente capaz de una era sin bandos fijos.

Cambia la marea: almorávides, almohades y 1212

Los almorávides que segaron el sueño de El Cid, y los almohades que los siguieron, fueron regímenes más estrictos y más duros que reunificaron brevemente al-Ándalus por la fuerza. Pero el equilibrio se desplazaba hacia el norte. En 1212, un ejército cristiano combinado hizo añicos el poder almohade en Las Navas de Tolosa, en las montañas al norte de aquí. Tras eso, las grandes ciudades cayeron en tromba: Córdoba en 1236, Sevilla en 1248. En una de las ironías más agudas de la historia, el hombre que ayudó a los cristianos a tomar Sevilla fue Muhammad I ibn al-Ahmar, el fundador del último reino musulmán —Granada—, que compró su propia supervivencia con la derrota de un rival. (Esa es la paradoja que late en el corazón de la Alhambra.)

El último reino, y la frontera a su puerta

Durante 250 años más, el Reino nazarí de Granada resistió como el último estado musulmán de España, y su frontera septentrional discurría justo por este paisaje. Los pueblos encalados coronados por castillos cercanos a la villa fueron la línea del frente de aquel largo pulso: Montefrío, con su iglesia-castillo levantada sobre la antigua fortaleza nazarí y tomada por las fuerzas cristianas en 1486; Íllora, llamada «el ojo derecho de Granada» por su atalaya; Moclín, que guardaba el puerto de montaña. Cuando sube a cualquiera de estas ruinas, se encuentra sobre el mismísimo filo de los dos mundos entre los que se movió El Cid, cuatro siglos después de él, en el capítulo final de la frontera. En 1492, Granada se rindió, y al-Ándalus llegó a su fin.

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Preguntas frecuentes

¿Quién fue El Cid, en realidad? Rodrigo Díaz de Vivar (c. 1043-1099), un noble castellano y el soldado más célebre de la España medieval. Apodado El Cid (del árabe al-sīd, «el señor») y El Campeador, luchó tanto para gobernantes cristianos como musulmanes y terminó su vida como señor independiente de Valencia.

¿De verdad combatió El Cid cerca de Granada? Sí. En la batalla de Cabra de 1079, cerca de Córdoba (a una hora aproximadamente de Cortijo Bujio), derrotó al ejército del emir Abdalá de Granada mientras defendía Sevilla: una victoria que condujo directamente a su destierro.

¿Fue El Cid un héroe o un mercenario? Ambas cosas, según quién cuente la historia. El cantar de gesta Cantar de mio Cid lo convirtió en un héroe nacional de lealtad y honor; el registro histórico muestra a un brillante caudillo de frontera que sirvió por igual a señores musulmanes y cristianos. Esa ambigüedad es precisamente lo que lo hace fascinante.

¿Es cierta la historia de su cadáver a caballo? No: es una leyenda posterior, popularizada por las crónicas medievales y la película de 1961. El Cid murió en Valencia en 1099; la dramática cabalgada de salida es mito, no historia.

¿Dónde está enterrado El Cid? En la Catedral de Burgos, en el norte de Castilla, junto a su esposa Jimena.


El campo que rodea Cortijo Bujio fue frontera durante cinco siglos. Siga leyendo sobre la Andalucía musulmana, Granada y la Alhambra y el castillo fronterizo de Montefrío.

Fuentes: Encyclopædia Britannica, «El Cid»; el Cantar de mio Cid (c. 1200); Richard Fletcher, The Quest for El Cid; Brian A. Catlos, Kingdoms of Faith: A New History of Islamic Spain; Consorcio Camino del Cid (caminodelcid.org).